Iba bastante borracho cuando apareció. Entro por la puerta y aquel perfume barato nos la empalmó a todos. Aquellos senos pedían la libertad condicional, y su boca, maldita sea, pedía a gritos una felación. Todos los borrachos (como yo) la rodearon. Serán imbéciles. No saben que para follar no basta con una media sonrisa y gomina, sino que además, lo que ellas quieren, es que el barman no las mire de forma sospechosa a la hora de pedir una copa. Así, que me acerqué a ella y le puse un billete de 50 euros entre el tanga y la minifalda y sutilmente le susurré al oído:
— Si quieres más, acércate a la barra.
Apenas tardó, y sin mediar palabra conmigo, se acercó al camarero y le dijo que le sirviera un martín.
— Todavía no te lo has ganado, dije yo.
— Tu tampoco, chulo de mierda, me contestó.
Me eché a reír. Aquella zorra tenía carácter. Eso me gustaba. Me preguntaba si seguiría teniéndolo mientras me la chupase una y otra vez.
— La oferta caduca en 10 segundos, nena, así que o te vienes conmigo ahora o ya te puedes ir buscando la formula de pagar ese martini. Le solté con mi habitual prepotencia.
Ella se me acercó y me dijo: — Vamos a tu casa cariño, estaremos más tranquilos.
— Ni lo sueñes, tardaríamos más de 10 segundos.
A continuación, le pedí al barman las llaves del almacén, y nos dirigimos hacia el.
Debía ser buena en la cama porque nada mas llegar me abrió la bragueta y me la comenzó a succionar. Ah, aquella, furcia sabia lo que se hacia. No paraba de lamérmela. Mientras estaba agachada me miraba. Me miraba. Aquello me excitó más. Así que la agarré, la levanté y le di la vuelta. Su coño estaba húmedo y mi polla se resbalaba en él. Se la conseguí meter y el aullido de loba que salió de su boca retumbó tanto que casi me revienta la polla.
De espaldas, agarré aquellas tetas mientras me la follaba. No le veía la cara. Una pena, porque seguro que la muy puta estaba disfrutando. Seguía bombeando y al final me corrí. Fue una autentica corrida, de campeonato. Sus jaleos cesaron aunque su respiración entrecortada continuaba. Se fue al baño.
Yo me quedé allí. Viendo mi polla exhausta pero también orgullosa del trabajo que había tenido. Me puse los pantalones pero mi cartera no estaba, no me preocupé porque el barman a veces me la guardaba para que no bebiera más.
Salí. Al acercarme a la barra le pedí mi cartera.
¿La cartera? Yo no la tengo, lo único que se es que esa rubia ha pagado la cuenta.
Autor: Poeta de guardia - Publicado: 2007-09-23 17:32:49
