En su mirada eyaculaba un sacerdote. En sus piernas, se relamían las medias. Y yo con ellas. Era cliente habitual. Venia mucho por la zapatería a arreglar múltiples zapatos de tacón. Me la imaginaba semidesnuda vistiéndose. Primero el tanga, subiéndose hasta rozarle. Luego el sujetador, encajado con mimo ante el espejo. Y luego los zapatos de tacón. Primero un pie, luego el otro, realzando su fina silueta.
Se acercó.
- Las plantillas, otra vez. No me duran nada.
- Mejor, yo también tengo que comer, acerté a balbucear aunque no le hizo gracia mi comentario.
- ¿Para cuando estarán listas?
- Si se espera, en un cuarto de hora lo tengo listo.
Me acerqué al taller y mientras me sentaba, observé como se apoyaba en el mostrador. Le vi todas las tetas. Eran enormes. No me las acabaría en años. Estaban bien puestas gracias a un sujetador deportivo negro que conseguí ver.
Me quedé tan embobado mirándolas, que se dio cuenta. Aparté la vista rápidamente y recé para que no se hubiera dado cuenta. Error. Si me había visto.
Entonces, bordeó el mostrador y contoneando sus caderas se acercó a mí lentamente. Mi erección andaba ya por la quinta fase de excitación.
Al llegar dijo con voz sensual:
- Te gustan mis tetitas ehhh… te gustaría probarlas verdad. Primero un pezón, mmm besarlo, chuparlo luego el otro ahhh todo ella mientras me vas magreando.
- Perdón, no se de que me habla. Me puse nervioso.
- Calla y empieza.
En un momento se quitó la camiseta y abrió su sujetador para que mis ojos vieran la octava maravilla, el tercer milagro de Fátima, la manifestación de la bondad divina, ese par de tetas que pedía a gritos un lametón
No me lo pensé dos veces: Le arreé una chupada en la teta. Absorbí su pezón. Le lamía el contorno y le besaba el canalillo. Seguía erecto pero disfrutando.
Con la mano libre, le tocaba el otro seno ya que mi boca y mi lengua se ocupaban de saborear el otro.
Le gustaba. Lógico, sino no me lo hubiera pedido. Subí hacia l cuello lentamente…
- No. En la boca, no. Sólo cómeme las tetas.
Acaté sus órdenes como un buen vasallo y seguía chupándoselas. De pronto, me desabrochó el pantalón e introduciéndome su mano en mi calzoncillo empezó a pajearme. Una y otra vez. Arriba y abajo. Me corrí. Era tanto lo excitado que estaba que no pude contenerme.
Con su mano manchada de semen, se limpió en el pantalón y con aire de diva me dijo:
-Ya has disfrutado bastante. Mañana vendré a por los zapatos y continuamos la faena. Pero cariño, no te corras tan pronto.
Le tomo la palabra.
Autor: Poeta de guardia - Publicado: 2006-11-21 21:37:06
