Todo había salido bien hasta entonces. Fue bajar del avión, y a mi mujer, con la que me había casado pocas horas antes, le empezaron las nauseas y los mareos.
La dejé en la habitación del hotel, acostada en la cama, cuando me dijo:
-Sal a dar una vuelta. Disfruta de la luna de miel.
Me marché. Me había hecho a la idea de pasar una noche de sexo desenfrenado con mi mujer y ahora me encontraba deambulando por una ciudad desconocida.
Entré en el primer bar que encontré. Me pedí una cerveza. Era un bar de jóvenes universitarios .Lo adiviné por la música y porque en cinco minutos ya me habían pedido 4 cigarrillos. Estaba a punto de terminar mi cerveza cuando una pareja joven se sentó junto a mí.
Ella era morena, bajita y con cara angelical. El, alto y moreno. Se pidieron un par de cubatas y comenzaron a hablarse al oído. Escuché lo que se decían.
-Vamos a pasar un buen rato. Pienso quitarte toda la ropa lentamente. Y luego besarte todo el cuerpo.
-Ella le contestaba: ¿Ah si? ¿Y que más? ¿Me harás tuya esta noche? ¿Me harás el amor hasta la madrugada?
En ese momento subieron la música. No pude escuchar más lo cual provocó también que la pareja dejara de hablar. Sin pensárselo se marcharon. Pagué y les seguí.
Se paraban en cada farola para besarse. Besos intensos. El aprovechaba para tocarle el culo. Ella también se lo tocaba. Se dijeron algo al oído y se dirigieron a mi hotel.
Al entrar, el recepcionista les dio una llave y subieron por el ascensor. Esperé en la planta baja y deduje que se habían parado en la cuarta planta. Subí por las escaleras sin hacer ruido para no levantar sospechas. En el rellano les vi.
Andaban por el pasillo desnudándose. Ella iba en sujetador que parecía tres o cuatro tallas más pequeño porque le apretaba los pechos. Así estaba más buena la muy zorra. Se le cayó la llave al suelo y al agacharse le vi todo el tanga. Negro. Espectacular.
Aquella chica había ganaba a medida que se quitaba la ropa.
Entraron en la habitación besándose y magreándose. No se acordaron de cerrar la puerta. Me colé tras ellos y mientras se comían en un rincón me metí en el armario.
Mientras me acomodaba abrí un poco la puerta del armario para ver la función. El muchacho tenía prisa porque ya estaba desnudo. Su polla erecta rozaba su chochito queriendo penetrar.
Ella todavía llevaba puesto el tanga y el sujetador. El se giró y con la boca se lo desabrochó. Joder. Vaya tetas. Lo escondida que las tenía. Eran perfectas. Redonditas con el pezón, pequeño, justo en medio. El las vio y las comenzó a chupar, lamer y besar. No era tonto el amigo. Dirigió sus manos al culo. Apretó las nalgas con fuerza. Las manos de ella comenzaron a tocar su polla y empezó a menearla con fuerza. Arriba y abajo. Con fuerza.
De pronto, él la empujó hacia la cama y se tiró sobre ella.
-¡Que grande la tienes! Exclamó ella.
El comenzó a besarla por todo el cuerpo. Empezó por los pies e iba subiendo lentamente. Combinaba suaves besos con profundos lametones uno de los cuales se hizo casi eterno cuando llegó a su coño. Ella estaba roja. Tal vez de placer.
Cuando se sintió correspondida apartó su cara y violentamente le dio la vuelta. Ahora ella estaba encima. Se besaban. Ella le besaba la mejilla, luego la garganta, el pecho, el pubis y por fin la joya de la corona. Se metió la polla en la boca. Parecía que se la iba a comer de golpe. Entonces él dijo: -Chúpamela toda, zorra.
Joder como se las gastan los universitarios de hoy en día.
Tras unas cuantas chupadas ella paró. Se sentó encima de él y escondió su polla en el coño. Ahora mandaba ella. Ella comenzaba a saltar. El, mientras, la sujetaba con ambas manos por la cintura. Ella miraba hacia el techo y sus manos se posaban en el pecho de él.
– Te gusta eh perro, gritó ella. A el le encantaba ver como su polla chocaba con su coño una y otra vez, fuertemente. Ella subía y bajaba y el chasquido que hacían era una prefecta banda sonora.
Se movían cada vez más rápido. Ella jadeaba y el se moría de gusto. Entonces, él, puso sus manos sobre las tetas y mientras botaban, las agarraba como queriendo cazarlas.
Cambiaron de postura y ella volvía a chupársela y a pajear la polla con la mano. Mientras, él, le acariciaba el coño e introducía su anular en su húmeda cuevecita.
Ella se corrió. Al momento, él se corrió en su cara. Eso le gustó porque saboreaba el semen que le había caído sobre sus labios. Además le lamía la polla suavemente.
Al rato, ambos se durmieron.
Salí del armario y pisé su tanga. Lo cogí y me lo metí en el bolsillo. Era un recuerdo, un souvenir de mi visita a aquella habitación. Si mi mujer seguía enferma, me temo que haría más de una.
Autor: Poeta de guardia - Publicado: 2006-10-13 17:42:05
