Aquella noche llovía a cántaros. Salí de la fábrica a las 21.00 de la noche, cuando acabé mi turno. Desde que comencé mi jornada, no había podido retirar mi vista del escote de Jessica. Aquella morena me traía loco. Aquellos pechos morenos y bien apretados se mostraban cada vez que Jessica, que trabajaba como limpiadora en la fábrica, se agachaba a por algo. Me la imaginaba en ese misma posición pero chupándomela lentamente. Aquella fantasía me rondaba la cabeza y me servía de distracción. Conducía mi coche cuando me paré en el primer semáforo. Giré mi cabeza hacia la derecha y sentada en la parada del autobús allí estaba Jessica.
Empapada. Con la mirada perdida.
Es mi oportunidad me dije. Baje mi ventanilla y le dije gritando:
-No pasarán más autobuses hoy. Llueve demasiado. Sube.
Se lo pensó un par de segundos y entró en el coche. Mientras se sentaba me dijo:
Gracias. Déjame donde puedas.
No te preocupes, te llevaré a casa. Gracias de nuevo.
Llevaba la camiseta tan mojada que se le marcaban los pezones. Eran enormes y me
imaginaba chupándolos mientras ella gemía de placer.
Compaginaba mi conducción con la panorámica de sus tetas que en tantas ocasiones
fueron objeto de autoplacer constante. Puse la radio. Narraban un partido
de fútbol.
De pronto,
soltó enfadada:
-Deja de mirarme
las tetas, ¡¡¡coño!!!
-Perdón, solté
casi de forma infantil. Me había pillado la muy puta.
-Pero tú,
tú déjame de mirarme el paquete. Le dije. Era mentira. No me había
dado cuenta de si me lo miraba o no. Pero sonaba a excusa.
-Perdóname.
Dijo asustada.
Joder. Le dije lo del paquete para ver si colaba pero era verdad, la guarra que limpia en la fábrica me miraba la polla, en constante erección por cierto
cuando estaba cerca.
Llegamos a su casa tras algunas indicaciones suyas. Fue a coger el bolso que al
entrar dejó en el asiento trasero cuando al girarse la agarré de la
nuca y la besé con fuerza. Casi sin respirar le dije:
Me pones a mil. La volví a besar. No reaccionaba. La volví a besar. Entonces ella dijo:
Cállate cabrón, y fóllame de una puta vez.
Corrí su asiento para atrás así como el respaldo y me puse encima. Su boca caliente
me excitaba aún más. Ella me iba desabrochando la camisa y continuó
por los pantalones. Le arranqué el TOP. No llevaba sujetador. Mejor.
Agaché mi cabeza hacia sus duros pechos y comencé a besarlos con fuerza.
Levanté la mirada. Y ahí estaban. Esos pezones eran míos. Sólo míos.
Ella gritó. Los chupaba. Y eso le encantaba.
Cuando yo ya estaba desnudo le quité a ella el pantalón ajustado que llevaba y
unas minúsculas braguitas bajaron con él.
Se la metí.
Fue espectacular. Ella gimió suavemente. Más. Quiero más.
Me dijo.
La segunda
estocada iba con más fuerza. El grito de satisfacción de ella, también.
Mientras ella me lamía la cara con su lengua, se movía, tanto que
sus tetas, sus soñadas tetas bailaban descosidas ante mí. Gritaba
cada vez más fuerte. Y yo me moría de placer. Seguía metiéndole
mi polla con más fuerza. Hasta el fondo me susurraba ella.
Métemela toda hasta el fondo. Habíamos llegado al éxtasis
Los cristales
hacía rato que se habían empañado. Yo la besaba. La besaba con fuerza.
Soñé siempre con follármela. Y ahora me la estaba follando a placer.
Con mis manos tocaba sus caderas con ánimo de ser su propietario aunque
fuera sólo por unas horas.
Y de pronto
la radio gritó ¡¡¡¡ gooool!!! Y yo también.
Autor: Poeta de guardia - Publicado: 2006-10-11 20:56:10
