Fue en aquella discoteca. Estaba cerca de mi casa e íbamos a celebrar el cumpleaños de Martín, un amigo de la infancia. Hicimos bastante cola al entrar. Una vez dentro, mis amigos se dirigieron al guardarropa. Yo, sin embargo, había pasado tanto frío en la puerta que decidí dejarme la chaqueta puesta un rato más. Fuimos a la barra y pedí un whisky con limón.
Fue girarme y mis amigos ya estaban intentando ligar con tres chicas que acababan de conocer. Eran tres para tres, otra vez me había dejado fuera. Encendí un cigarrillo. De pronto se me acercó una chica morena, con larga melena y finos labios. Los ojos verdes parecían los de una gata en celo.
-¿Perdona, tienes fuego? Me preguntó. Vocalizó todas las letras exageradamente, abriendo mucho la boca, mientras sostenía un cigarrillo entre sus delicados dedos.
-Espera. Sostenme la copa un momento. Le dije. Iba buscando, nervioso, el paquete de cigarrillos de entre los bolsillos de mi chaqueta. No lo encontraba. Ella bebió un trago.
Como no encuentre pronto el paquete se va a beber todo el whisky. Pensé. Joder, dónde coño lo había puesto.
Entonces ella, dejó el cubata en la barra, y su mano, su rosada mano con las uñas celosamente limadas con la manicura francesa, se iba acercando hacia mi bolsillo.
Aquel momento me pareció eterno. No se lo que hacía. Qué pretendía.
Su mano recorrió parte del pantalón y penetró en mi bolsillo. Temí que comprobara de primera mano, y nunca mejor dicho, mi erección nacida desde el momento en que vi combinar su boca al unísono con su lengua.
-Ah!!! Exclamé. Me había tocado la polla. Joder, qué vergüenza.
-Mmm… gimió ella. Me temo que éste no es el paquete que buscaba. Pero no te preocupes, déjate llevar
Agarró mi chaqueta y la puso delante de mí. Entonces, delicadamente, fue sacando su mano de mi bolsillo y uno a uno, fue desabrochando los botones de mi pantalón.
Me quedé sin habla. Cuando acabó, su mano frotó mi miembro poco a poco, pausadamente. Estaba excitado. Una tía que acababa de conocer estaba magreándome el paquete.
El abrigo nos servía de trinchera para que nadie nos viese. Sonreí.
Entonces, de pronto, ella bajó ligeramente mi calzoncillo, y su mano desnuda toco mi polla. Estaba caliente. Muy caliente. Tras tocármela un rato como si estuviera jugando con un soldadito comenzó a cascarme una paja de infarto. Parece que lo hiciera todos los días la muy puta. Subía y bajaba, subía y bajaba. Era espectacular. La apretaba fuerte, como si quisiese arrancármela. Me pajeaba fuerte. Cada vez más rápido. Y yo cada vez gozaba más. No te corras, no te corras me dije a mi mismo. Fue cuando ella puso su mano sobre mi culo y apretó con garra. Introdujo la mano en mi bolsillo posterior y haciendo fuerza, me empujaba hacia ella. Mandaba ella. Y quería hacérmelo saber.
Seguía masturbándome en medio de la discoteca, y nadie se daba cuenta, nadie sospechaba nada.
Estaba cada vez más y más excitado. Comencé a ver doble, a ver estrellitas de colores en medio de la sala. Parecía extasiado. Me pasaba siempre que me iba a correr. Y aquello no fue una excepción. Me corrí. Su mano, allá en los bajos fondos, se manchó toda. Sin embargo, me pareció que jugaba con mi semen. De pronto, un hombre de altura descomunal y en cuyos brazos crecía el acero, dijo enfadado.
-¡Nuria! ¿Donde estabas? Mi “amiga” se giró. Venga cariño que nos van a invitar aun chupito, dijo él.
-Ya voy, soltó ella. Es que éste gilipollas no encuentra el paquete de cigarrillos.
-OH si perdón, lo busqué torpemente y esta vez sí lo encontré. Le di un cigarro.
Se marchó. De pronto vinieron mis amigos diciendo:
-Me cago en la puta, estas mujeres son todas unas calientapollas. Toda la noche con una para nada.
Entonces, yo, les pregunté:
- ¿No fumáis verdad?



